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viernes, 27 de julio de 2012

Magallanes, análisis

En el principio, eran las especias...

¡Qué bueno es Zweig! ¡Qué magnífico escritor! Con estas 6 únicas palabras, en forma de analogía bíblica, resume unas cuantas páginas de explicación, necesarias y deliciosas, pero que encuentran el culmen a su belleza en esa simple frase.

La biografía que propone Zweig acerca de la figura de Magallanes regala al lector mucho más que una vida, por muy interesante que ésta sea. Lo que Zweig ofrece es un magnífico ejemplo de excelente escritura, tallada con con una pulcritud cuidada con la que se va desgranando una auténtica novela de aventuras. Su genio literario construye un rosario de variadas cuencas multicolores, con el que va conformado de forma magistral un engranaje perfecto en el que todo encaja, pese a que en él se entremezcla el espionaje, la traición, secretos de navegación celosamente guardados, el amor, la aventura, la esperanza y el desaliento, la fortuna y la desventura.

Curiosa esta biografía en la que el lector descubre que, en realidad, no fue Elcano el primero en circunnavegar el planeta, sino la oscura y desconocida figura de un tal Enrique, el esclavo de Magallanes. Una biografía también en la que se pinta malamente la figura de este español cuyo  nombre lleva tan orgullosamente el buque escuela de nuestra Armada y en la que se descubre el asombro que causa al navegante vuelto a su patria tras la azarosa vuelta al mundo el hecho de haber perdido un día.

Me gustó el librito propuesto para este mes. Espero, amigos del Club, que también vosotros lo hayáis disfrutado.

domingo, 27 de mayo de 2012

Una novela de ajedrez, análisis

Tras largo tiempo anunciado, llega al fin el análisis de la lectura propuesta para este mes: Una novela de ajedrez, que podría muy bien solucionar enlazando la entrada a la página de Wikipedia que habla sobre ella, pues me parece agradable de leer y, además, coincide bastante con la idea que me hice de la historia al leerla.

Ésta es, al parecer, la última novela que escribió Stefan Zweig antes de suicidarse y, según he leído, su obra maestra. Respecto a este último punto, no puedo opinar pues, incluso habiendo leído algunas de sus obras, no me veo con conocimiento de causa suficiente para hacerlo. Recuerdo con especial gusto Veinticuatro horas de la vida de una mujer, que encontré en la biblioteca de mi madre una siesta veraniega y leí en mi adolescencia. Luego, alguno de sus títulos ha caído, pero no demasiados (lo cual probablemente se enmedará, pues no descarto volver a proponer una lectura de Zweig en esta casa).

Pero, y yendo al grano, que me escapo sin sonrojo de mi tarea, me ha encantado esta Una novela de ajedrez, que no deja de ser sino la historia que Zweig construye en torno a una curiosa paradoja, la que nos cuenta cómo la solución  para no enfermar que encuentra un cerebro torturado a través del inhumano martirio de condenarlo  a la más terrible soledad e interminable ociosidad, alejada de cualquier actividad intelectual, acaba, al fin, convirtiéndose en una neurosis enfermiza que termina por conducirle a la locura. Este bonito lazo que propone el autor, sirve además de maroma con la que atar una descarnada crítica al nazismo y sus temibles métodos de tortura.

Pese a que Zweig no se preocupa por matizar demasiado a sus personajes y rodea la historia con un cierto velo que obliga al lector a observar los acontecimientos como si escudriñara a través de los visillos de una ventana, la historia transcurre con una fluidez tal, que finalmente aparece  a nuestros ojos como un todo perfectamente definido. Es la obra de un escritor magistral.

Me ha gustado mucho. Espero que vosotros también la hayáis disfrutado.

lunes, 19 de marzo de 2012

Anochecer, análisis

Con sólo unos cuantos personajes y con la ayuda de 6 soles, Asimov construye  en Anochecer una historia impactante, por lo que con su trasfondo quiere ilustrar. La primera vez que la leí, al menos, así me lo pareció. En esta segunda ocasión, sin embargo, el susto no ha sido tan hondo.

Al fin, lo que Asimov nos cuenta en Anochecer puede dejar al creyente un poco trastabillado y, al lector, le hace ver con claridad lo que ha sido el lento  avance del conocimiento científico hasta alcanzar el punto en el que ahora se encuentra (¿pensarán igual de nosotros los humanos del futuro?).

De esta historia recordaba el poso acibarado que me regaló su lectura y lo mucho que me obligó a reflexionar, en especial tras leer el párrafo en el que, después de enterarnos de que el astrónomo Aton había solicitado algunos datos al sumo sacerdote (o como quiera que le llamen) de los cultistas, Sor 5, a cambio de refrendar con la ciencia la necesidad de culto al Libro de las Revelaciones, otorgándole  así veracidad a sus creencias, Latimer es enviado por Sor 5 para que tome venganza sobre Aton, pues éste, en realidad, ha suprimido toda necesidad de ellas (las creencias) porque hizo de la oscuridad y las estrellas un fenómeno natural y le quitó su verdadero significado. Y eso, según Latimer, es una blasfemia.

Recuerdo que en este punto, durante aquella primera lectura, me pregunté si los científicos creían que algún día la ciencia podría explicarlo todo. Si así fuera, reflexioné, no había duda de que sería un feo escamoteo a su trabajo no exclamar impresionados: ¡ qué grade es vuestra fe! Porque..., al fin, de fe se trata, ¿no? Pero me desvío, me desvío... Continuemos, pues.

El conocimiento de esas misteriosas estrellas ha viajado en el tiempo, de ciclo en ciclo, merced a lo que de ella se dice en el Libro de las Revelaciones, lo cual plantea la pregunta inmediata de cómo es posible que así sea si, con la llegada de la obscuridad, la humanidad al completo enloquece y se vuelve incapaz de instruir a las generaciones del próximo ciclo acerca de la verdad científica que se esconde tras ese eclipse que ocurre cada 2.049 años. Sheerin da una respuesta arguyendo que el Libro se construye con los recuerdo fugaces de los niños (aún capaces de soportar la obscuridad sin caer en la locura) en combinación con los balbuceos confusos de los retardados medio locos; de manera que el Libro es un compendio de distorsiones, aunque esté basado en datos reales.

Más reflexiones...

De igual modo, las razones que el psicólogo da para explicar el fallo del experimento que emprende Faro al construir un simulacro de lo que está por ocurrir cuando comience el eclipse, tiende de nuevo puentes hacia la mente, productora habitual de nuestros miedos, esperanzas y necesidades: Tal vez no tenía ningún sentido atribuir una significación física a las estrellas. Tal vez la mente, ante la oscuridad total, sienta la absoluta necesidad de crear luz. Tal vez las estrellas sólo sean esta ilusión de luz.

Y más...

Juega muy bien Asimov, tanto con los procesos y leyes físicos, como con los mentales. La verdad es que sabe cómo hacerlo. Por ello, quizá, me gusta tanto este autor, porque sus historias no son narraciones de naves espaciales, con extraños seres que quieren atacar el planeta, el cual sucumbirá, sin duda, ante la imposibilidad de hacer frente a una tecnología demasiado avanzada como para ni siquiera comprenderla. O al menos no son sólo eso. Por cierto,  ¿esa "oscuridad total" refiere a la ausencia de luz o puede ser tomada desde un punto de vista metafórico?

Y, en fin, la existencia cíclica de Lagash recuerda al mito de Sísifo, entretejido, eso sí, con la siempre productiva batalla entre religión y ciencia, todo lo cual construye una historia perfectamente hilvanada que no deja ningún cabo suelto (aunque no acierto a explicarme la escena de un periodista, capaz de conmover el planeta con sus artículos, recibiendo asombrado la explicación de cómo funciona una tea mientras no pone ningún pero a la Ley de Gravitación Universal). Cuenta, además, con un excelente diálogo.

domingo, 26 de febrero de 2012

Doña Berta, análisis

Doña Berta es una obra narrativa cortita pero intensa y escrita con un evidente tono lírico en la que, y pese a la poesía que rezuma cada una de las letras que la componen,  lo vital y lo auténtico priman sobre lo accesorio. 

Con un estilo marcadamente poético, Clarín nos adentra en una historia en la que la inocencia y una naturaleza vívidamente sentimental abrazan la mente del lector y toman el control de sus emociones, conduciéndole por una atribulada historia que irá alterándolas de forma vehemente a medida que avanza en la lectura y comprueba cómo el devenir de ésta muda las connotaciones idílicas, inspiradas en la emotividad expresiva propia de la poesía, en sombrías amenazas que acabarán por alcanzar la tragedia.

Los contrastes, empero, no se acaban aquí ni son menos importantes: con un afilado tajo que no admite compasión, Clarín confronta inclemente los lugares donde comienza y termina la historia. Así, el bucólico paraíso que la ve nacer, cuando la felicidad aún no ha desaparecido del horizonte de doña Berta, y que la acompaña en su desarrollo, cuando, aun ya infeliz, aguarda paciente y resignada el paso de los días, aparece a nuestros ojos descrito por el novelista con tiernas pinceladas que hacen de él un arquetipo de aquel locus amoenus que retrataran los clásicos. Sin embargo, las delicadas pinceladas del principio se tornan en los inflexibles brochazos de la antítesis con que Clarín transforma este Edén idílico del principio en el infierno que supone la gran urbe, impersonal, siempre seria y amenazante donde ha de encontrar hueco la tragedia. Y todo ello acompasado por el desolado ritmo de un silencio que pacifíca el alma en el primero y es la causa al fin, a los sordos oídos de doña Berta, de su desdichado final.

El tema principal de Doña Berta es, a mi modo de ver, el heroísmo. El heroísmo, primero, de someterse  en silencio a un destino incierto, lleno de interrogantes que el paso del tiempo no llega a contestar: ¿volverá por ella el capitán? Y, de no hacerlo, ¿cuál es la razón? ¿Acaso se burló de ella o razones de causa mayor se lo han impedido? ¿Y el hijo? ¿Dónde está? ¿Qué ha sido de él? Sólo unas páginas para el lector que son, sin embargo, cuarenta interminables años para doña Berta de constante interrogación abierta y jamás cerrada, hasta que un día, con la vejez a cuestas, cuando sólo el recuerdo vago de su capitán y la dolorosa remembranza del hijo perdido alientan en su corazón, viene un extraño a despejar las dudas y darnos la razón en este análisis, pues el pensamiento de ese desconocido pintor cuando ve a doña Berta llorar es quizá no sólo la mejor descripción de ésta, sino también el respaldo a la idea esbozada en este párrafo: Y doña Berta [...] se dejó caer en la silla, llorando, llorando con una solemnidad que sobrecogió al pintor y le hizo pensar en una estatua de la historia vertiendo lágrimas sobre el polvo anónimo de los heroísmos oscuros, de las grandes virtudes desconocidas, de los grande dolores sin crónica.

Comienza entonces el segundo acto heroico, impulsado a base de arrojo y decisión. ¿Qué importa perder su hacienda? ¿Qué, volverse vulnerable en la vejez, cuando mayor es el desamparo y la necesidad de un retiro protegido y a salvo de la imprevisible vida? ¿Acaso pueden considerarse siquiera la soledad y los peligros que la aguardan en la gran ciudad, si a cambio de ello repara una deuda, restaura el honor del hijo perdido y encuentra al fin el corazón la reparación a toda una vida de tormentos? En Madrid, la multitud debía de simpatizar con la pobre anciana, pulcra, vivaracha, vestida de seda de color tabaco; muchos le sonreían también, le dejaban el paso franco; nadie le había robado ni pretendido estafar. Con todo, ella no perdía el miedo, y no se sospecharía, al verla detenerse y santiguarse antes de salir del portal de su casa, que en aquella anciana era un heroísmo cada día el echarse a la calle. Temía a la multitud..., pero sobre todo temía ser atropellada, pisada, triturada por los caballos, por ruedas. [...]. Muchos transeuntes la habían salvado de graves peligros, sacándola de entre los pies de los caballos o las ruedas de los coches [...] ¡Qué agradecimiento el suyo! ¡Cómo se volvía hacia su salvador deshaciéndose en gestos y palabras de elogio y reconocimiento! "Le debo a usted la vida. Caballero, si yo pudiera algo... Soy sorda, muy sorda, perdone usted;  pero todo lo que yo pudiera..." Y la dejaban con la palabra en la boca aquellas providencias de paso. "¿Por qué tendré yo tanto miedo a la gente, si hay tantas personas buenas que la sacan a una de las garras de la muerte?".

Tiene miedo, un miedo pavoroso al que sabe, empero, sobreponerse y vencer. Y es que, pese a que Clarín expresa sin lugar alguno para la duda que doña Berta, a la que previamente había llamado sacerdotisa del Romanticismo,  había vivido en realidad toda su vida en una casa donde el cariño no tenía expresión, es su corazón anciano, que hierve de sentimientos y de liberadas pasiones contenidas durante toda una vida, el que la mueve a arrostrar el camino incierto de una aventura cuyo final... callaremos.